A veces ni las letras me pueden salvar del mar de sentimientos que me inundan en estos momentos, pero, como siempre, es la única forma que tengo de entenderme, explicarme y sobretodo, transformar e inmortalizar este momento de mi vida.
No hay palabras entre mis dedos que logren expresar con precision lo que me inunda el pecho en este momento, pero es esta mi manera de nadar.
Hace unos meses perdí a mi tío/abuelo Manuel. Como muchos de mis conocidos saben (y a quien no sepa, le explico) mi abuelo murió cuando mi mamá aún era una niña, por lo que los hermanos de mi Mamá Vila (mi abuelita, a la que jamás le dije abuelita) criaron a mi mamá. Mi mamá era la mujer más chiquita de las hijas de mamá Vila, y yo al ser la más pequeña de ella (y llevar su mismo nombre) me convertí en una versión más chiquita de mi mamá a la que podían cuidar de nuevo. Fue así como en lugar de tener un abuelo, tuve tres.
Mis tíos fueron ese equivalente, por lo que jamás sentí ausencia de algún abuelo, perdí a mi tío Luis cuando aún estaba en primaria, mi tío Julián se fue a mis casi 22 años y mi tío Manuel se fue justo después de mis 34 años.
Mamá Vila era la última que quedaba de sus hermanos. Y siempre fue un ejemplo de entereza, fuerza, pero sobretodo AMOR. Y se fue hace una semana. En paz, dormida, rodeada de amor.
He tratado de desenredar y explorar mis sentimientos respecto a esta enorme pérdida, pero lo cierto es que ¿Cómo mides perder a alguien a quien amas tanto? ¿Cómo mides el dolor cuando no es palpable? ¿Cómo explicas el vacío en el pecho? ¿Cómo entiendes que no tendrás otra próxima vez con ella?
Mamá Vila no era abuela, bisabuela, tatarabuela. A pesar de tener nietos, bisnietos y tataranietos ella simplemente era “Mamá” y en toda la extensión de la palabra. Y nadie nunca la llamó de otra manera, por qué era nuestra mamá, y lo cierto es que fuimos muy afortunados de tenerla con nosotros por tantos años, por qué como familia siempre supimos que ella era la unión, el pegamento y la fuente de amor inagotable de esta familia.
No existen en esta vida caricias más tiernas, puras y hermosas como las de Mamá Vila, no existe una bendición más protectora, no existe un amor así de grande. Y aún sabiendo que nada es eterno en el fondo de mi corazón yo esperaba que ella si lo fuera.
Pero al final de cuentas la vida es frágil, tan frágil que de un momento a otro todo puede cambiar, de un momento a otro aunque lo sepas en el fondo de tu corazón, cuando todo cambia aún te sorprendes, te frenas, te inunda la nostalgia y sin quererlo, te pierdes.
Y yo podría contarles un millón de historias que tuve con ella; pero no me caben en este blog.
Lo que sí les puedo decir es que ella y yo teníamos una complicidad tan bonita que el mundo se frenaba cuando nos veíamos, incluso hasta el final.
Mi mami siempre fue un ejemplo en toda la extensión de la palabra, y nosotros como familia la veíamos envejecer, y aunque tenía mucha alegría dentro de ella, también tenía nostalgia, dolor, cansancio, sabíamos que la pérdida de mi tío Manuel sería algo de lo que tal vez ella no podría recuperarse, pero aún así teníamos fe por qué después de todo ¿Qué más nos quedaba?
Todos teníamos un lugar especial en su corazón, todos sin importar si éramos hijos, nietos, bisnietos, tataranietos, todos éramos un “pedacito” de ella y lo somos, siempre lo vamos a ser.
Pero entender la fragilidad de las cosas, de los momentos, de la vida y de nosotros mismos, es parte del camino.
Veo las hojas cambiar de color en el árbol que adorna la vista en mi ventana y trato de entender con la llegada del otoño, el amor, el dolor, la pasión y la felicidad como parte de nuestra historia, de honrar justo la vida en sí.
Que afortunada soy de que me duela como me duele, por qué dicen por ahí que el dolor es equivalente al enorme que existió… y ¡Que amor tan grande nos tuvimos ella y yo!
Pero que frágil es la vida aunque la veas pasar frente a tus ojos.
Como las hojas de otoño, que van cambiando de color hasta que caen, así de frágil es la vida, que nos avisa, que el otoño en la vida de mamá Vila nos avisó y cuando la hoja de su árbol cayó, todo por un instante se detuvo, pero después del otoño se florece.
Y a una mujer como Mamá Vila se le celebra, por quedarse, por aguantar, por ser tan valiente de criar a 6 hijos después de que su esposo se fuera con otra mujer y después incluso de que su "viejo bombo" fuera de este plano, por aguantar la partida de su hijo menor demasiado pronto, por ver partir a sus hermanos uno a uno y quedarse aun así con nosotros.
Gracias por 90 años de su vida, por 34 años de amor para mi.
Mi mamá Vila se fue al final del verano y a nosotros como descendencia, nos toca florecer, aunque tengamos que pasar por el invierno primero. Lo único que podemos hacer es hacerla sentir orgullosa desde allá en el cielo donde de seguro nos manda bendiciones diario, donde cada año nos cantará sus famosas “mañanitas” desde donde está haciendo tortillas de harina y tomando café con sus hermanos, desde donde este me quedo con mil momentos, mil historias, mil carcajadas, mil mentadas de madre a las telenovelas que veíamos juntas, mil besos y sonrisas, estoy segura que como le dijo usted a su hija más pequeña antes de partir “nos vemos en otra vida” nos volveremos a encontrar, con el mismo amor.
La amo mami, más allá de todo, la amo para siempre…
Su Bettita 🤍

Nada más maravilloso que eso, yo fui su Lila, conocí el amor de mis tíos y de ella en cada comida, en cada peinado porque mi mami nos jalaba el cabello, jajaja, cada momento lo llevo en mi corazón y ahí vivirá siempre hasta que nos volvamos a ver. ♥️
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